Políticas fracasadas que no mueren
El Nuevo Herald.com | Edición - junio 16 del
2003 | Miami, Florida
Un reciente comentario en El Nuevo Herald (En privado, 2 de
junio de 2003) se refería al ex presidente del Brasil
Fernando Enrique Cardoso como ''uno de los grandes intelectuales
del continente''. Vale la pena analizar el legado intelectual
de ese sociólogo brasileño y lo que sus ideas
han significado.
Cardoso, hijo de un general, nació en
Río de Janeiro. En 1952 se graduó en ciencias sociales
por la Universidad de Sao Paulo y uno de sus primeros trabajos
fue el de redactor de la revista Problemas, órgano del
Partido Comunista. En 1961 obtuvo su doctorado en ciencias políticas
por la misma universidad, escribiendo su tesis sobre el desarrollo
económico brasileño. Fue profesor de sociología
y director del Centro de Sociología Industrial de su facultad,
pero en marzo de 1964 fue arrestado por actividades subversivas.
En esos días tuvo lugar el golpe militar contra el presidente
izquierdista Joao Goulart y Cardoso se escapó a Chile,
donde pronto formó parte del Instituto Latinoamericano
de Planificación Económica y Social, organismo de
las Naciones Unidas.
De su trabajo allí surgió su obra
más importante: Dependencia y desarrollo en América
Latina, donde lo mismo que los teólogos de la liberación
que se hicieron famosos en los años 60 Cardoso concluye
que la pobreza de América Latina es consecuencia del capitalismo.
O como describen genialmente esas ideas Plinio Apuleyo Mendoza,
Carlos Alberto Montaner y Alvaro Vargas Llosa, en su libro Manual
del perfecto idiota latinoamericano, somos pobres y la culpa es
de ellos: ``El subdesarrollo de los países pobres es el
producto histórico del enriquecimiento de otros. En última
instancia, nuestra pobreza se debe a la explotación de
que somos víctimas por parte de los países ricos
del planeta''.
De la teoría de la dependencia surgió
la fracasada idea de que los gobiernos latinoamericanos se debían
reservar la explotación de los sectores ''estratégicos''
de la economía: el cobre en Chile, el petróleo en
México, acero, aluminio y petróleo en Venezuela,
la pesca en el Perú, el estaño en Bolivia, las aerolíneas,
teléfonos y electricidad en casi toda América Latina.
El próximo paso fue la sustitución de importaciones,
aplaudida por muchos de los grandes empresarios latinoamericanos,
cuyos productos y mercados serían a partir de entonces
protegidos de toda competencia extranjera. El gran perdedor fue
el pueblo que, primero, perdió el buen empleo con la firma
multinacional y luego sufrió la caída de su nivel
de vida al dispararse el precio de los alimentos y servicios que
requería su familia.
Otra consecuencia negativa fue la politización
de los precios. Se instrumentaron controles de precios para ''proteger''
al consumidor por lo que automáticamente los precios dejaron
de reflejar la oferta y demanda de los productos y servicios.
Es decir, a partir de entonces las decisiones empresariales se
tomaban a ciegas y las inversiones se hacían en función
de conveniencias y favores políticos, no de lo que la gente
quería consumir ni de lo que las ventajas comparativas
de la nación hubieran señalado como conveniente
y rentable. La intervención política en la economía
fue también causa directa de la corrupción porque
la infinidad de permisos y licencias ponía al empresario
en la disyuntiva de comprar al funcionario o cerrar la fábrica.
Otra deprimente consecuencia fue el atraso tecnológico
de América Latina, del cual todavía no nos hemos
recuperado. El costo de todo ese desastre nunca ha sido calculado,
pero lo vemos reflejado en la miseria latinoamericana.
Ese fue el perverso credo difundido por la CEPAL
bajo el liderazgo intelectual de Raúl Presbich y Cardoso
que lejos de disminuir las diferencias de ingreso entre los ricos
y los pobres las aumentó, destruyendo de paso a la naciente
clase media. Y aquéllos que creen que se trata de un oscuro
y aberrante fenómeno del pasado deberán prestarles
atención a los jóvenes manifestantes, enemigos de
la globalización, que de nuevo veremos rompiendo vidrieras
y gritando consignas en Cancún en septiembre, durante la
reunión de la Organización Mundial del Comercio.
Ante el fracaso de la sustitución de importaciones
y de la estatización de sectores ''básicos y estratégicos'',
los organismos de la ONU regresaron a América Latina prestando
fabulosas cantidades de dinero a los gobiernos de turno, a través
del FMI, hipotecando así el futuro de generaciones enteras
y promoviendo tanto el aumento de los impuestos como la corrupción
oficial.
Ese es el verdadero legado de latinoamericanos
famosos como Cardoso, premio Príncipe de Asturias.
