Los salvadoreños juegan con fuego
El Nuevo Herald | por Carlos Alberto Montaner | Edición
- 22 de junio del 2003
Es posible que los salvadoreños elijan a un comunista
como su próximo presidente. Se llama Schafick Handal,
tiene 70 años, su padre era palestino, y milita en
las filas marxistas desde hace medio siglo. Cuando existía
la URSS se le tenía por ser el hombre de Moscú,
un ``duro", y durante dos agitadas décadas, entre
los setenta y los noventa, fue una de las cabezas de la lucha
insurreccional dirigida por el FMLN.
A Handal le gusta presentarse como una de las
personas que trajeron la democracia a El Salvador por medio
de la lucha armada y los subsecuentes acuerdos de paz de 1992.
Pero la verdad es que la democracia, aunque imperfecta, existía
desde tiempos de Napoleón Duarte y Alfredo Cristiani.
La guerrilla sólo aceptó sentarse a la mesa de
negociaciones tras el fracaso de la ofensiva desatada en noviembre
de 1989, el colapso del mundo comunista y las presiones conjuntas
de la URSS y de Estados Unidos. Fue la derrota inevitable lo
que la llevó a aceptar las normas del denostado sistema
capitalista.
Handal, comunista coherente, no batallaba por
participar en el juego político de una nación
''burguesa'' y plural, cuyo modelo económico estuviera
regido por el mercado, sino por instaurar en el país
una ''república socialista'' como la que su admirado
amigo Castro había erigido en el Caribe. Si sus convicciones
hubieran sido democráticas, habría acudido a las
negociaciones que le planteara el presidente democristiano Napoleón
Duarte en 1986. No lo hizo, en cambio, hasta que comprobó
que era imposible derrotar a sus enemigos.
El viejo comunista ahora asegura que, si gana
las próximas elecciones, se comportará de acuerdo
con la constitución del país y respetará
la propiedad privada y los derechos humanos, incluidos, claro,
las libertades civiles y políticas, el pluralismo y el
equilibrio de poderes. Renunciará, pues, a poner en práctica
su ideología marxista, asumiendo humilde y seriamente
la condición de administrador de un estado organizado
con arreglo a los presupuestos ideológicos y morales
de sus enemigos tradicionales.
Es difícil que eso suceda. Un comunista
es alguien convencido de cuatro supersticiones fatalmente encadenadas.
La primera es que existe un destino fulgurante para la humanidad
y ellos lo conocen. La segunda, es que ese destino maravilloso,
en el que desaparecerá el estado porque las personas
tendrán un comportamiento tan bondadoso y ejemplar que
ni siquiera serán necesarios los jueces, las leyes y
los castigos, depende de la erradicación de la propiedad
privada, engendradora de comportamientos codiciosos y de perversas
relaciones de poder. La tercera, es que existe un agente que
propicia los cambios en la dirección de ese mundo fascinante:
la clase trabajadora. La cuarta, es que ellos, los comunistas,
saben cómo se llega al paraíso porque Marx descubrió
el camino y las ''leyes'' que operan en la historia. Ellos conocen
esa ''hoja de ruta'' --hay que actualizar el lenguaje--, así
que se constituyen en vanguardia del proletariado y desatan
la revolución redentora que los tendrá como implacables
pastores del rebaño.
El problema de Handal no es que haya creído
esas tonterías a los quince años, edad en la que
uno cree casi cualquier cosa, sino que a los setenta continúa
aferrado a ellas, pero tras agregarles otros tres disparates
laterales igualmente dañinos: en El Salvador hay una
infinita legión de indigentes porque ''los ricos'' se
apoderan de toda la riqueza del país; la pobreza del
tercer mundo es la consecuencia de la explotación de
las naciones desarrolladas, de donde se deduce que es suicida
pactar con ellas tratados de libre comercio en los que resultaremos
''devorados''; y la prosperidad y la felicidad colectivas dependen
de las decisiones redistributivas de los burócratas bienintencionados
que administran el estado y asignan los recursos sabiamente.
Seamos serios: un marxista a lo único
que no puede renunciar es a jugar a la ingeniería social.
Cuando Handal sea presidente de El Salvador, si esa catástrofe
ocurre, aunque trate de adaptarse a las reglas de la democracia,
no podrá desprenderse de su enquistada visión
marxista. El ha rechazado la violencia, pero no el error intelectual,
porque le han faltado las lecturas y la capacidad crítica
de otro comandante de la guerrilla, Joaquín Villalobos,
quien, terminada la guerra, se fue a estudiar a Cambridge, Inglaterra,
y descubrió (y tuvo el valor de aceptarlo públicamente)
que sus ideas políticas, como todas las utopías,
conducían a un sangriento matadero, y las económicas,
a la miseria creciente del pueblo.
Gobernar es tomar decisiones que afectan a
millones de personas. Cuando Handal tenga que enfrentarse a
los cientos de conflictos que tocarán a su puerta, inevitablemente
los analizará desde una equivocada perspectiva marxista.
Ese tremendo inconveniente lo llevará a cometer inmensos
errores en el terreno económico y tensará aún
más las zonas sociales y políticas en disputa.
¿Consecuencias? Inflación, inestabilidad, aumento
de la pobreza, mayor criminalidad y fin abrupto del mejor ciclo
de crecimiento y paz social que ha conocido El Salvador en toda
su atormentada historia. Cuando eso suceda Handal dirá
que sus enemigos y el imperialismo no lo dejaron gobernar. No
es cierto: será víctima de su propia ignorancia.
Las ideas tienen consecuencias. Especialmente las malas.
