Mario
Elgarresta no es un consultor político convencional. Nada
en Mario es usual. Elgarresta es un señor con principios.
Y esos los aplica como profesional. Cree en la democracia. No
cree en la izquierda, porque ha sufrido sus excesos y vivido sus
errores. Apoya una opción del centro a la derecha porque
disfruta sus aciertos y es libre en sus regímenes. Practica
la honestidad y se resiste a formular cualquier estrategia sobre
la base de mentiras. Es caro porque es bueno y vive de su trabajo
y no de la intriga, la lambonería o la corrupción,
a la cual son tan propensos quienes llevan a los políticos
al poder. Gana con más frecuencia de la que pierde, aunque
aprendió más con sus reveses. Es tajante porque
sabe. Resulta excluyente porque padeció aquí y en
otros países, las consecuencias de permitir que comedidos,
familiares, celosos, metiches, mediocres, masters, misters e iluminados
metan mano en un asunto que requiere una sola mano: la del estratega
de campaña. Es fiel a su cliente pero no más que
a sus principios. Es infalible con el amigo, aunque no piense
como él, pero nos encontramos en cuestiones indispensables:
calidad humana, talento, honradez, capacidad de trabajo, franqueza,
coraje, pero sobre todo, lealtad.
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Mario no perdona ni pregona la traición.
Puede tolerar hasta la estupidez o la confrontación, pero
no la traición. Con esa personalidad y ese bagaje de experiencias,
Mario Elgarresta ejerce más de 25 años la consultoría
política en Latino América, tras haber integrado
el equipo de asesores de Ronald Reagan y llevado al sillón
presidencial a 2 presidentes en Ecuador, León Febres-Cordero
y Sixto Duran-Ballen; 2 en Nicaragua – Arnoldo Alemán
y Enrique Bolaños – uno en Bolivia, Hugo Banzer,
1 en México, Ernesto Zedillo y uno en Perú, Alejandro
Toledo.
Las tres campañas socialcristianas que
no supieron mantenerlo ni hacerlo respetar como estratega en el
Ecuador, perdieron. Esto es un hecho. Y no se trata tampoco de
una coincidencia. Cuando se pierde a la única persona capaz
de ejercer autoridad en la campaña por sobre el candidato
y por encima de sus amigotes o exabruptos, se pierde la campaña.
Esa autoridad no proviene, empero, de su jerarquía,
ni del honorario alto, la confianza del Comité Directivo,
la amistad con el postulante, el miedo o el carácter. Proviene
de la sabiduría. A la vez, esa sabiduría se sustenta
en el conocimiento. Y ese conocimiento está nutrido por
una sólida formación técnica, incrementada
cada año por lecturas frecuentes y campañas intensas.
Todo aquello se expresa en forma telegráfica casi, simple
pero sobria, en este libro sin pretensiones de tratado ni redacción
rocambolesca, porque debe ser como el lenguaje demandado a los
comunicadores: sencillo, claro e impactante.
Si lo leyeran y aplicaran asesores y candidatos
con propuestas válidas en este país, no estaríamos
entre naciones con más corrupción y menos computadoras.
Revisarlo es fácil y rápido. Comprenderlo
resulta más complejo. Aplicarlo, acaba generalmente en
la gratificación de la victoria. Estas 130 páginas
valen una Presidencia. Esta edición vale 30 dólares.
Estos consejos valen media vida. Por estas ideas, Mario Elgarresta
se ha jugado la vida, aquí mismo en Ecuador, donde le forjaron
acusaciones falsas, lo persiguieron y hasta quisieron ponerle
orden de arraigo en el 95, o en México, en donde el prejuicio
respecto a los consultores políticos lo obligaba a encerrarse
en un cuarto desde donde se comunicaba hacia otro con el candidato
que nunca vio ni veía.
Por esas ideas, más de una vez, de hecho
3 veces en el Ecuador, 92-96-2002, Mario Elgarresta renunció
sin piola a una campaña cuando el candidato permitió
que otros decidan por él y que cuatro iluminados hagan
campaña con el hígado subido al cerebro para regir
el cuerpo. Ahora sufren las consecuencias de permitir que el #3
no sepa ser el #1 o de permitir al #1 controlar el mensaje, el
“masaje” y los mensajeros porque pone los votos y
reúne los fondos. Ya ven que puso los vetos tambien, y
los fondos, ni abundaron ni fueron invertidos oportunamente.
Mario lo vio venir. Lo advirtió. Lo resintió.
Lo rechazó. Y cuando no tuvo otra forma de protestar, los
dejó.
Allí ven otra razón por la cual
me identifico tanto con él. Tenemos algunos patrones comunes:
ambos nos hemos casado 3 veces; los dos no resistimos a los misóginos;
ejercemos una conducción sin claudicaciones. Y respetamos
nuestras divergencias, aunque admito que cada vez más veo
a Fidel como él y no como Eduardo Galeano.
Es que con Mario se aprende. Trabajar 3 meses
junto a él resulta como un postgrado en Georgetown University.
Eso nunca lo podrán entender quienes valoran sus servicios
en horas/asiento y no en momentos de lucidez. Luego de absorber
como esponja, Elgarresta devuelve como tifón, y si no se
capta ese primer caudal desbordante, se pierde la matriz de su
inspiración y el impetus de su estallido.
Pero tiene paciencia, aunque no mucha. Sabe escuchar,
aunque lo irritan los pendejos, como a Facundo Cabral; piensa
que no se puede ganar contra ellos: son muchos… Especialmente
en el mal llamado círculo íntimo de un candidato,
quienes gracias a su ineptitud acaban por convertirlo en un íntimo
candidote.
El trabajo certero y apasionado de Mario le ha
ganado enemigos y detractores. Es inevitable hacer mella en los
hombres que dejan huella… pero tambien eso le ha merecido
el Premio de las Américas en 1999, y lo han llevado hasta
la cúspide del Centro Interamericano de Gerencia Política,
con base en Miami.
Pero a él, a mí y a nosotros, nos
falta todavía librar la gran campaña en el Ecuador.
Aquella que no se debió perder el 96 y ahora comprendo
que tampoco se pudo aceptar en 1998 y el 2002, porque uno no puede
tener su suerte librada a la de terceros, sino a uno mismo. Ya
basta con los propios errores que inevitablemente cometemos como
para cargar con otros. Porque una campaña es la suma de
la mayor cantidad de aciertos vs la menor cantidad de errores.
Jamás resulta una sinfonía perfecta. Debe ser, eso
así, un concierto completo.
Mientras tanto, tenemos que librar la gran batalla
por el Ecuador, hoy puesto a escoger entre un coronel y un emperador,
uno de los cuales quiso tener a Elgarresta en su equipo mientras
otro averiguó si por lo menos podría conservar con
él. Pero a Mario no le seduce tanto el dinero o el poder,
como el saber, y él sabe que a su juicio no van ha hacer
lo debido por el Ecuador.
Mientras aprendemos nuestras lecciones y no dejamos
que otros experimenten con el Ecuador, Mario continua su asesoría
con el Alcalde de Guayaquil, algunos de cuyos programas inspirá,
varios de los cuales rescató, llegando incluso hasta aportar
en le definición del concepto que es algo más -que
un slogan- bajo el cual continua la transformación de Guayaquil:
Más Ciudad.
Mario es quien ve el bosque y no solo los árboles,
no exclusivamente por seguirnos desde Miami sino por tener la
perspectiva de conjunto, alejado de los cabildeos del día
a día y las presiones de lo urgente, para no perder de
vista lo importante.
Todas esas normas las ha resumido en 26 máximas
que condensan las tesis de su libro y constituyen guía
básica para no naufragar en la tormenta de una campaña.
Si fuera en orden de importancia, yo empezaría por la del
final: los peores gerentes de campaña son los candidatos.
Así concluye la edición actualizada
de Ganar Elecciones, un tratado eficaz para alcanzar la victoria
en tiempo de elecciones, si se tiene, como él exige, una
mesa de tres patas: estructura, candidato y campaña.
Pero además, si se procede con ética,
pues ofrecer lo que no se puede cumplir, se convierte en derrota
a largo plazo, algo tan imperdonable como no emocionar con lo
que nos puede salvar, es decir, no conjugar el tener la razón
o tener una razón, o lo que es más, tener la solución,
con la emoción de comunicarla bien hasta concretarla en
adhesión y voto.
Por eso más de una vez, Elgarresta dejó
de asesorar a los gobiernos que ayudó a ganar, Elgarresta
dejó de asesorar a los gobiernos que ayudá a ganar,
porque sentados en el sillón presidencial se sentaron tambien
en las normas de campaña, olvidando que un gobierno es
una campaña de 4 años y que un estrega victorioso
es un faro que no se puede apagar.
Que el faro de Mario siga irradiando luz a toda
América Latina así como hoy el faro de Santa Ana
lo hace simbólicamente a todo el país, con la esperanza
y la convicción de aumentar la intensidad de la luz más
allá de Guayaquil, y con la obligación tambien de
impedir que el Ecuador tenga que colapsar, como Guayaquil hace
10 años, para proscribir el azote de la demagogia y atraco.
Es que desgraciadamente, y afortunadamente para
otras cosas, el Ecuador no es como Guayaquil, pero desde Guayaquil
si podemos abrir camino al Ecuador.
Carlos Vera
Octubre 2002
Guayaquil