El hombre que les susurraba a los candidatos
Mario
Elgarresta, Presidente del Centro Interamericano de Gerencia Política,
es un especialista en ganar elecciones. Uno de los mejores y más
sutiles de América Latina. Su curiosa profesión
consiste en encontrar, por medios legítimos, la forma de
persuadir a los electores para que prefieran los candidatos que
él asesora. No sólo se trata de cuestiones de imagen,
sino de averiguar cuáles son exactamente las expectativas
de la sociedad, de sintonizar el mensaje del candidato con las
preferencias y necesidades del elector, de disciplinar al partido
que lo postula para que la campaña sea efectiva, de utilizar
inteligentemente los siempre escasos recursos, y de movilizar
todos esos factores al unísono, como quien dirige una orquesta
con cien músicos y treinta instrumentos diferentes en un
teatro dotado de pésima acústica en el que acaba
de apagarse la luz, porque toda elección inevitablemente
siempre tiene algo de caos e imprevisión.
Leyendo el libro de Elgarresta (muy claro y pedagógico),
una obra que debería estudiar cualquiera que decida dedicarse
a la política (uno descubre por qué el major candidato,
si está mal asesorado, pierde las elecciones. En Perú,
en 1990, le ocurrió a Mario Vargas Llosa frente a Alberto
Fujimori. De los dos el más brillante, el que mejor explicaba
su programa de gobierno, era Vargas Llosa. Cuando debatieron ante
las cámaras de television, el 80 porciento de los televidentes
encontró que el novelista había “ganado”
la discusión de forma aplastante. Pero poco después
la mayor parte del electorado prefirió al japonés.
¿Qué había pasado? Fujimori, con la ayuda
de sus asesores, había conseguido convencer a los electores
de que Vargas Llosa representaba la oligarquía y no iba
a gobernar en beneficio de las grandes mayorías, algo absolutamente
falso, pero muy eficaz para derrotar a su contrincante en las
urnas.
Pudiera parecer que hay algo inquietante o cínico
en la labor de “vender” a un candidato, a una persona,
con técnicas cercanas al mercadeo comercial tradicional
utilizadas para convencer a un ama de casa de que utilice este
jabón o aquel dentrífico, pero ésa es una
servidumbre de la democracia moderna que tiene sus ventajas: las
propuestas que debe hacer el presunto gobernante, si está
bien dirigido, tienden a ser racionales y lo obliga a formular
planes de gobierno sensatos y creíbles. A veces, no siempre,
es la campaña que estructura la posterior obra del gobernante.
El ejercicio de tener que competir lo fuerza a definir su posterio
curso de acción.
De los deportes suele decirse que “lo importante
no es ganar, sino competir”. Exactamente lo contrario de
lo que sucede en la política, donde lo fundamental es ganar.
Algo que Felipe González, el ex presidente del gobierno
español, resumía de otra manera un tanto melancólica:
“es verdad que el poder desgasta, pero lo que más
desgasta es estar en la oposición”. De eso los socialistas
españoles algo sabían: Franco los había mantenido
fuera de la casa de gobierno durante casi cuatro décadas.
Hace muchos años, cuando España
no era democrática y las Cortes se formaban con “estamentos”
sociales y no con partidos, un candidato se abrió paso
con el más peregrino de los lemas: “vote por mí,
¿a usted que más le da?”. Con la llegada de
la democracia, sin embargo, hay que explicarse. En América
Latina, donde la democracia también parece haber arraigado
de forma permanente, los políticos tienen que explicarse
y convencer. Es entonces cuando necesitan el susurro inteligente
de Elgarresta.
Carlos Alberto Montaner